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Normalmente las casualidades no llegan cuando uno desea. Ya habían pasado dos años desde que nos vimos por última vez. Dos años desde aquella noche queriéndonos en un portal, desde nuestro final sin principio, desde su ‘nunca te haré daño’. Es tan jodido como llamativo el hecho de que las personas que pronuncian esas cuatro palabras –que ingenuamente te crees– siempre acaben haciéndote manchar de rimmel la almohada.
Normalmente las casualidades no llegan cuando uno desea. Ya habían pasado dos años desde que nos vimos por última vez. Dos años desde aquella noche queriéndonos en un portal, desde nuestro final sin principio, desde su ‘nunca te haré daño’. Es tan jodido como llamativo el hecho de que las personas que pronuncian esas cuatro palabras –que ingenuamente te crees– siempre acaben haciéndote manchar de rimmel la almohada.
Habían pasado más de quinientos días
juntos cuando la casualidad decidió volver a hacerle aparecer en mi vida
saludándome con un ‘¡Qué guapa estás!’. Ya
ves, sobreviví a la catástrofe de tu ausencia. Él estaba como siempre y
eso no era bueno para mí. Tenía esa habilidad de hacer que le perdonase hasta
el mayor de los crímenes y de hacerme reír incluso estando inmersa en la
tragedia más grandiosa.
Sugirió ir a tomar un café y,
creedme, lo que me llevó a aceptar no fue en absoluto que él fuera mi
debilidad, ese puesto lo ocupaba el café. Era tan evidente como que no soy una
persona para nada orgullosa. Exacto, puras obviedades.
Mientras me contaba cómo fueron sus últimos años en la universidad –cuánto le costó aprobar aquella última
asignatura, cómo se graduó, dónde fue de viaje con sus compañeros– yo
estaba concentrada pensando de qué forma podía orientar la conversación
para preguntarle lo que quería saber desde hacía dos años sin que se diera cuenta de cuánto ansiaba esa respuesta. La pregunta era tan sencilla como
compleja ‘¿por qué no me llamaste?’ todo un clásico de las películas de las que
nos llenan el cerebro los americanos pero, tristemente, un clásico también en
el mundo real. La diferencia reside en que en las películas él le da alguna
excusa muy emotiva como que lo atropelló un coche mientras iba a comprarle
flores y cuando despertó del coma ella había cambiado de número o, por el contrario, alguna excusa pésima que luego arregla con un ramo
de flores. Siempre hay flores, bombones o cachorros de labrador. Cosas
bonitas que terminan con un final bonito y que hacen que una chica real se
plantee hacerle esa pregunta al chico que la dejó plantada con la firme
esperanza de que él le dé alguna magnifica excusa o que al día siguiente
aparezca en su puerta con el pequeño Toby, pero eso nunca sucede. Lo que sucede
es que, si se lo preguntas, él te dará alguna excusa horrible que, por muy
idealista que seas, no podrás salvar de ningún modo y, al día siguiente, no
habrá perro que te ladre, ni rosas, ni cajas rojas de Nestlé. También puede suceder que, en cambio, te sea tan sincero como para decirte que en realidad no le interesabas tanto; y, si no lo
haces, si no se lo preguntas, acabarás esperando dos años, cinco o veinte, a
encontrártelo para fingir que en ningún momento te molestó ni lo más mínimo el
hecho de que no apareciera su nombre cuando tu móvil sonaba en aquellos maravillosos
días porque, ya que no te acompaña su calor, al menos que lo haga
el de tu orgullo ¿no? Quizás no tenga demasiado sentido pero, creedme, a veces
parece tenerlo.
Sin embargo, quería preguntárselo.
Quería hacerlo porque nunca fui capaz de comprender cómo se puede querer tanto
para luego desaparecer. Hubo días en los que incluso llegué a plantearme que
quizás fue culpa mía por no ser del todo clara. He de confesaros que el orgullo
no siempre es una buena compañía y, a veces, te hace cometer estupideces que,
más tarde, te llevan a ver Titanic a la vez que engulles una tarrina de helado
de chocolate mientras le preguntas al mundo por qué no hay ningún Jack que,
como dice Rose, venga y te salve en todos los sentidos en que puede salvarse a una persona.
Me terminé el café, él también
el suyo y le abracé al despedirnos manteniendo a salvo en mis pulmones el susurro de ‘por
favor, no vuelvas a irte’. No, no hubo ni susurros ni preguntas, solo dos tazas
vacías abandonadas a su suerte y el regreso de esas ganas de que la casualidad
volviera a unirnos.
He de admitir que el orgullo no
sabe abrazarme tan fuerte como él, pero todo esto no es culpa suya, ni tampoco mía. Toda la culpa la tienen los americanos.
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